Hambre emocional: cómo diferenciarla del hambre física

¿Siento hambre? Cómo diferenciar el hambre física del hambre emocional

Hay una pregunta que parece sencilla, casi automática, pero que puede esconder una gran complejidad: ¿tengo hambre de verdad o hay algo más detrás?

En una sociedad donde la comida está cargada de normas, culpa, control y emociones, distinguir entre hambre física y hambre emocional no siempre resulta fácil.

A veces comemos porque nuestro cuerpo necesita energía. Otras veces buscamos comida como respuesta al estrés, la ansiedad, el aburrimiento, la tristeza o incluso la alegría. Y, en muchas ocasiones, ambos tipos de hambre pueden aparecer al mismo tiempo.

Comprender qué está ocurriendo puede ser un primer paso para construir una relación más flexible y consciente con la comida.

Hambre física y hambre emocional: ¿cuál es la diferencia?

El hambre física es una necesidad biológica. Nuestro organismo necesita energía y nutrientes y nos envía señales para indicarnos que es momento de comer.

Suele aparecer de manera progresiva y puede manifestarse mediante sensaciones como:

  • Sensación de vacío en el estómago.
  • Disminución de la energía.
  • Dificultad para concentrarse.
  • Irritabilidad.
  • Pensamientos cada vez más frecuentes sobre comida.

Normalmente, el hambre física disminuye cuando hemos comido una cantidad suficiente y nos sentimos satisfechos.

El hambre emocional, en cambio, suele estar relacionada con determinados estados emocionales o situaciones internas. Puede aparecer ante la ansiedad, la tristeza, el aburrimiento, el estrés, la soledad o incluso en momentos de celebración.

En ocasiones surge de forma más repentina y puede estar asociada al deseo de consumir alimentos concretos, especialmente aquellos que la persona considera “prohibidos” o que intenta evitar habitualmente.

Sin embargo, la diferencia entre hambre física y emocional no siempre es tan clara. Ambas pueden coexistir, y convertir la comida en una fuente de juicio puede hacer todavía más difícil identificar lo que necesitamos.

¿Cómo saber si tengo hambre emocional?

Más que intentar clasificar cada episodio de hambre como “correcto” o “incorrecto”, puede resultar útil observar lo que ocurre con curiosidad.

Algunas preguntas pueden ayudarte:

  • ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que comí?
  • ¿Mi hambre ha aparecido poco a poco o de manera repentina?
  • ¿Comería diferentes alimentos o siento que necesito uno muy concreto?
  • ¿Estoy atravesando alguna emoción intensa?
  • ¿Estoy intentando restringir o controlar demasiado mi alimentación?
  • ¿Mi cuerpo necesita comida, descanso, tranquilidad, compañía o alguna otra cosa?

Estas preguntas no buscan impedirnos comer. El objetivo es entender mejor nuestras necesidades sin juzgarlas.

El papel de la restricción alimentaria

Una de las cuestiones más importantes para comprender la relación entre hambre emocional y atracones es la restricción alimentaria.

Cuando imponemos reglas muy rígidas sobre la comida —“esto no lo puedo comer”, “tengo que comer limpio”, “mañana compenso”, “hoy me he portado mal”— podemos entrar en un ciclo de control y privación.

La restricción puede ser evidente, como ocurre en algunas dietas muy estrictas, pero también puede aparecer de formas más sutiles:

  • Sentir culpa después de comer determinados alimentos.
  • Eliminar grupos de alimentos sin una razón médica.
  • Intentar compensar una comida comiendo menos posteriormente.
  • Pensar constantemente en calorías o cantidades.
  • Clasificar los alimentos como “buenos” o “malos”.
  • Ignorar repetidamente las señales de hambre.

Esta sensación de prohibición puede aumentar tanto la preocupación por la comida como el deseo de consumir aquello que intentamos evitar.

En otras palabras: cuanto más prohibido percibimos un alimento, más espacio mental puede llegar a ocupar.

Restricción y atracones: un ciclo frecuente

Los episodios de atracón no siempre aparecen de forma aislada.

En algunas personas pueden estar relacionados con periodos previos de restricción física o psicológica.

Después de contener el hambre, intentar controlar constantemente la alimentación o evitar determinados alimentos, puede aparecer una sensación intensa de urgencia.

El episodio puede caracterizarse por comer rápidamente, experimentar sensación de pérdida de control y, posteriormente, sentir culpa, vergüenza o malestar.

Por eso es importante comprender que un atracón no puede reducirse simplemente a una cuestión de fuerza de voluntad.

Detrás pueden existir factores fisiológicos, emocionales, psicológicos y ambientales que merece la pena explorar.

El ciclo de restricción, atracón y culpa

Muchas personas pueden quedar atrapadas en un ciclo parecido a este:

  1. Restricción: dieta, control excesivo o intención de “portarse bien”.
  2. Aumento del hambre y del deseo: determinados alimentos ocupan cada vez más espacio mental.
  3. Pérdida de control o atracón: aparece una sensación intensa de urgencia por comer.
  4. Culpa: surgen pensamientos como “no debería haberlo hecho” o “mañana empiezo de nuevo”.
  5. Nueva restricción: se intenta compensar comiendo menos o imponiendo todavía más reglas.

Y el ciclo vuelve a comenzar.

Paradójicamente, intentar solucionar el atracón aumentando todavía más el control puede contribuir a mantener el problema.

Entonces, ¿qué puedo hacer cuando siento hambre?

La pregunta “¿siento hambre?” no necesita responderse desde el juicio.

Puede responderse desde la curiosidad.

1. Escucha tus señales sin juzgarlas

Pregúntate qué estás sintiendo.

Puede ser hambre física, hambre emocional o una combinación de ambas.

No necesitas encontrar inmediatamente una respuesta perfecta.

2. Mantén una alimentación suficientemente regular

Pasar demasiadas horas sin comer puede aumentar el hambre y favorecer una mayor urgencia alrededor de la comida.

Una alimentación suficiente y relativamente regular puede ayudar a recuperar señales corporales que han podido quedar alteradas tras periodos prolongados de dieta o restricción.

3. Revisa las prohibiciones alimentarias

Cuando determinados alimentos están completamente prohibidos, pueden adquirir un valor especial.

Flexibilizar progresivamente esas normas puede ayudar a reducir el pensamiento constante sobre la comida y la sensación de pérdida de control.

4. Explora lo que necesitas emocionalmente

Si detectas que estás atravesando ansiedad, tristeza, estrés o aburrimiento, puedes preguntarte:

¿Qué necesito en este momento?

Quizá sea comida.

Pero quizá también necesites descansar, hablar con alguien, desconectar, sentir apoyo o darte espacio para experimentar una emoción.

Y una cosa no excluye necesariamente la otra.

5. Practica una mirada más compasiva

Modificar la relación con la comida puede requerir tiempo.

Después de años de dietas, restricciones o culpa, volver a confiar en las señales del cuerpo no suele producirse de un día para otro.

Castigarte por lo que comes rara vez facilita el cambio.

Comprender lo que está ocurriendo suele ser mucho más útil.

Volver a escuchar al cuerpo

Reconectar con las señales de hambre y saciedad implica, en cierta manera, reaprender a confiar en el cuerpo.

Y eso puede llevar tiempo.

La meta no consiste en comer “perfectamente” ni en responder siempre de la misma manera al hambre.

Se trata de desarrollar una relación con la alimentación más flexible, consciente y menos basada en el miedo, el control o la culpa.

Porque quizá la pregunta no sea únicamente:

“¿Siento hambre?”

Sino también:

“¿Puedo escuchar lo que necesito sin tener miedo de la respuesta?”

¿Cuándo puede ser recomendable pedir ayuda?

Si la preocupación por la comida ocupa gran parte de tu día, experimentas episodios frecuentes de pérdida de control, sientes una culpa intensa después de comer o tu relación con la alimentación está afectando a tu bienestar, puede ser recomendable buscar ayuda profesional.

Trabajar estos patrones con profesionales especializados puede ayudarte a comprender qué mantiene el problema y a desarrollar una relación más saludable con la alimentación y con tu propio cuerpo.

Preguntas frecuentes sobre hambre emocional

¿Cómo diferenciar el hambre física del hambre emocional?

El hambre física suele aparecer gradualmente y está relacionada con una necesidad de energía. El hambre emocional puede estar más vinculada a estados como ansiedad, estrés, aburrimiento o tristeza. Sin embargo, ambas pueden aparecer simultáneamente y no siempre es posible diferenciarlas de forma absoluta.

¿El hambre emocional es algo negativo?

No necesariamente. Comer también tiene una dimensión social y emocional. El problema puede aparecer cuando la comida se convierte en la única estrategia para gestionar las emociones o cuando provoca un malestar significativo.

¿Restringir alimentos puede aumentar los atracones?

En algunas personas, una restricción alimentaria muy intensa o mantenida puede aumentar la preocupación por la comida, el hambre y el deseo por los alimentos prohibidos, favoreciendo episodios de pérdida de control.

¿Por qué siento más ganas de comer cuando intento hacer dieta?

Cuando reducimos demasiado la cantidad de comida o establecemos prohibiciones muy rígidas, el cuerpo puede aumentar sus señales de hambre. Además, aquello que consideramos prohibido puede volverse psicológicamente más deseable.

¿Se puede mejorar la relación con la comida?

Sí. Aprender a reconocer las señales corporales, flexibilizar determinadas reglas alimentarias y trabajar las emociones asociadas a la comida puede ayudar. Cuando existe un malestar importante, el acompañamiento profesional puede facilitar este proceso.

Referencias

  • Intuitive Eating – Evelyn Tribole & Elyse Resch. (1995/últimas ediciones).
  • Overcoming Binge Eating – Christopher G. Fairburn. (1995/2008).
  • The Diet Trap – Judith Matz & Ellen Frankel. (2014).
  • Eating in the Light of the Moon – Anita Johnston. (1996).
  • Polivy, J., & Herman, C. P. (1985). Dieting and binging: A causal analysis. American Psychologist.
  • Herman, C. P., & Polivy, J. (2008). External cues in the control of food intake in humans. Appetite.
  • American Psychiatric Association. (2013). DSM-5: Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders.

 

¿Sientes que la comida, la culpa o los atracones están ocupando demasiado espacio en tu día a día? En Promentium podemos ayudarte a comprender qué hay detrás de estos patrones y a construir una relación más flexible y saludable con la alimentación.

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Rocío Rubio Rueda

Psicóloga General Sanitaria. Experta en TCA y Trastornos de la Personalidad

El estrés no es el enemigo: lo que aprendimos en nuestro podcast

En Promentium hablamos mucho de salud mental, pero hay un tema que aparece constantemente en consulta, en empresas y en la vida diaria: el estrés. En uno de los episodios de nuestro podcast (puedes verlo aquí 👉 https://youtu.be/bZNmlswCteA), abordamos este fenómeno desde una perspectiva clara y, sobre todo, útil: dejar de verlo como un problema y empezar a entenderlo como una señal.

¿Qué es realmente el estrés?

El estrés no es algo que debamos eliminar por completo. Es una respuesta natural del organismo ante situaciones que percibimos como desafiantes o amenazantes (Podtail). Es decir, el estrés, en sí mismo, no es malo.

De hecho, en el episodio insistimos en una idea clave:
el estrés aparece para avisarnos de que algo necesita ser atendido en nuestra vida.

Cuando vivimos situaciones que sentimos que nos superan —exceso de trabajo, conflictos personales, presión constante— nuestro cuerpo y mente activan esta señal de alerta. El problema no es sentir estrés, sino ignorar lo que nos está diciendo.

El verdadero problema: el estrés que no se cierra

Uno de los puntos más importantes que tratamos en el podcast es que el estrés se vuelve dañino cuando se mantiene en el tiempo.

Cuando no resolvemos aquello que nos preocupa o no tomamos decisiones, ese “asunto pendiente” sigue activo en nuestra mente. Y eso tiene consecuencias: el cuerpo empieza a somatizar, el cansancio se acumula y aparecen síntomas físicos o emocionales.

Tal y como se describe en psicología, si una situación estresante no se resuelve o no se cierra, el organismo puede acabar enfermando como forma de gestionar ese conflicto interno.

Dicho de forma clara:
no es el estrés lo que te desgasta, es vivir constantemente en alerta sin salida.

Estrés bueno vs. estrés dañino

En el episodio también diferenciamos dos tipos de estrés:

  • Estrés funcional (eustrés): el que te activa, te impulsa y te ayuda a rendir mejor.
  • Estrés disfuncional (distrés): el que se cronifica, te bloquea y afecta a tu salud.

La diferencia entre uno y otro no está en la situación, sino en cómo la gestionas.

¿Por qué hoy vivimos tan estresados?

Vivimos en una cultura donde:

  • Todo es urgente
  • Todo es inmediato
  • Todo parece importante

Y eso nos lleva a una desconexión progresiva de nuestras propias necesidades.

En el podcast lo planteamos de forma directa:
muchas personas no están estresadas por lo que hacen, sino por todo lo que no se permiten parar a mirar.

Cómo empezar a relacionarte mejor con el estrés

No se trata de eliminar el estrés, sino de aprender a escucharlo y regularlo. Algunas ideas clave que compartimos:

  • Identifica qué te está generando estrés (no lo tapes con distracciones)
  • Toma decisiones, aunque no sean perfectas
  • Cierra ciclos (emocionales, laborales o personales)
  • Introduce pausas reales en tu día a día
  • Trabaja la conexión con el presente (mindfulness)

Porque sí, el estrés puede ser una puerta de entrada al cambio.

Una reflexión final

Si algo queremos transmitir desde Promentium es esto:

El estrés no viene a fastidiarte la vida.
Viene a enseñarte dónde no estás escuchándote.

Aprender a gestionarlo no solo mejora tu bienestar, sino que te permite vivir con más claridad, equilibrio y coherencia.

Y ahí es donde empieza el verdadero cambio.


Si te interesa profundizar más, te recomendamos ver el episodio completo del podcast. Entender el estrés es el primer paso para dejar de vivir en piloto automático y empezar a cuidarte de verdad.

Terapia sistémica: qué es, cómo funciona y para qué sirve

Terapia sistémica: qué es, cómo funciona y para qué sirve

Terapia sistémica: qué es, cómo funciona y para qué sirve

¿Qué es la terapia sistémica?

En los procesos de terapia a menudo se pone de manifiesto una realidad: nuestra forma de entender el mundo y afrontar los problemas no es meramente individual, sino que está condicionada por el sistema en el que nos encontramos.

En concreto, la terapia sistémica pone el foco en cómo nuestro sistema familiar influye en nuestras estrategias de afrontamiento y cómo ciertos mandatos, patrones o relaciones determinan, en mayor o menor parte, nuestras vivencias, emociones y acciones. Desde este enfoque se entienden los síntomas que manifestamos (ansiedad, depresión, psicopatologías…) no como algo superficial sino como estrategias que el individuo desarrolla para adaptarse a su sistema.

¿Qué problemas se tratan con la terapia sistémica?

  • Conflictos familiares

  • Problemas de pareja

  • Ansiedad y depresión

  • Trastornos de la conducta alimentaria

  • Dificultades en la comunicación

  • Duelo y trauma

Principios fundamentales de la terapia sistémica

Algunos principios fundamentales en la perspectiva sistémica son:
● Visión holística del individuo: en la terapia sistémica, el todo es más que la suma de las partes. Los problemas no son individuales, sino que se basan en dinámicas grupales.
● Circularidad: cada miembro del sistema influye y es influido por el resto, de tal forma que se analizan las dificultades atendiendo a patrones y secuencias de acciones de cada individuo.
● Homeostasis: los síntomas de las personas surgen como forma de buscar el equilibrio en un sistema que, de alguna forma, se encuentra desestabilizado.
● Foco en la comunicación: un elemento esencial en la terapia sistémica es el cuidado de la comunicación entre los miembros del sistema familiar. Se busca sustituir pautas de comunicación disfuncionales por otras menos problemáticas.
● Labor del terapeuta: el trabajo del terapeuta sistémico consiste en analizar las dinámicas y patrones que generan conflicto en el sistema desde una posición neutral, evitando generar más alianza con unos miembros que con otros, conectando con las necesidades de todas las personas que componen al grupo y empatizando de forma equitativa. Desde ahí, el terapeuta es una guía que ayuda a sustituir esas pautas de interacción por otras más saludables, para lo que se usan distintas técnicas basadas en la evidencia.

¿Para qué sirve la terapia sistémica?

La terapia sistémica facilita cambios duraderos en la vida de las personas. Si lo pensamos, parece imposible imaginar un conflicto en el que solo exista uno mismo. El día a día nos arroja constantemente la necesidad de afrontar situaciones difíciles y lo hacemos desde nuestra historia, desde lo que hemos aprendido en nuestro grupo más primario que funciona. A veces, lo que ha funcionado en nuestra familia lo hace también fuera de ella y otras no. En el segundo caso, la terapia nos ayuda a detectar qué forma de relacionarnos con el entorno hemos construido y por qué no nos sirve ya, y nos ofrece alternativas, sin dejar de poner la mirada en nuestro pasado y en lo que tiene sentido para nosotros.
Entender que nuestra forma de actuar está condicionada por los vínculos y mandatos familiares nos desliga de la idea de “el problema eres tú” y nos ofrece una imagen más amable de nosotros, en la que dejamos de “machacarnos” por lo que somos o hacemos
“mal”. Al contrario, con la terapia sistémica aprendemos a entender nuestras acciones desde su origen más profundo y a responsabilizarnos de lo que sí queremos y podemos cambiar.
Esto marca una diferencia con otros tipos de terapia al no centrarse únicamente en el presente y buscar cambios desde la raíz que sean más estables y no solo supongan una tirita temporal a la sintomatología por la que acude la persona.

¿Qué se hace en terapia sistémica familiar?

Desde la terapia sistémica se abordan muchos conflictos familiares en su sentido más literal. Las familias acuden al espacio terapéutico para tratar temas de comunicación, límites entre sus miembros, duelos, trauma, problemas específicos entre dos o más miembros… en ocasiones, el consultante es una persona que acude sin acompañantes por un problema familiar. Eso no impide tratar el problema, ya que desde este enfoque, al basarse en la circularidad, se considera que conseguir cambios en un miembro del grupo provoca por inercia cambios en el resto de miembros y en su forma de relacionarse, y a menudo resuelve el problema, como si se tratase de un “dominó” en el que una pieza cae y empuja a las demás. Es por eso que sintomatología individual como la depresión, la ansiedad, los trastornos de alimentación u otros pueden abordarse también en la terapia familiar.

¿Cómo funciona la terapia sistémica? Técnicas y enfoques

La terapia sistémica se compone de distintas escuelas que ponen el foco en diferentes aspectos. Entre ellas están la terapia narrativa, estratégica, estructural, centrada en soluciones, constructivista… en cada tipo se emplean técnicas variadas como las preguntas circulares, intervención paradójica, externalización, elaboración de genogramas… algunos terapeutas emplean técnicas más propias de una sola escuela, y otros adoptan técnicas de varias simultáneamente. Las variaciones dependerán siempre de las necesidades y objetivos del consultante.

En conclusión

La terapia sistémica refleja cómo entendernos como parte de un entorno al que también hay que atender y cuyos conflictos hay que encarar nos facilita tener una vida más plena y nos ayuda a cuidar nuestra propia salud mental. No solo en problemas de convivencia o conflictos con el núcleo familiar, sino también en dificultades que, aunque a simple vista pueden parecer individuales, se encuentran frecuentemente explicadas por nuestra forma de vincularnos a quienes nos rodea y nuestros aprendizajes más antiguos y arraigados. Aprender a tomar conciencia de nuestra agencia en todo esto y abrirnos a cambiar es un camino que, aunque a veces duro, resulta esencial para nuestro bienestar psicológico.

La terapia sistémica puede ser una herramienta eficaz para comprender los vínculos que influyen en nuestro malestar y promover cambios profundos y duraderos. Contar con un profesional especializado permite abordar estas dificultades desde una mirada respetuosa, integradora y adaptada a cada persona o familia.

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Vega Mateo Polo

Psicóloga general sanitaria. Especialista en Terapia de Pareja y Terapia Familiar.

 

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Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA): causas, consecuencias y tratamiento en la actualidad

Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA): causas, consecuencias y tratamiento en la actualidad

Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA): causas, consecuencias y tratamiento en la actualidad

1. Introducción

En los últimos años, los Trastornos del Comportamiento Alimentario (TCA) han adquirido una relevancia creciente en el ámbito de la salud pública debido a su aumento en la prevalencia y a las graves consecuencias físicas, psicológicas y sociales que conllevan. Los TCA se definen como trastornos mentales caracterizados por alteraciones persistentes en la conducta alimentaria y en la percepción del peso y la imagen corporal, que afectan de manera significativa el funcionamiento y la calidad de vida de las personas que los padecen (American Psychiatric Association [APA], 2022).

La etiología de los TCA es compleja y multifactorial, resultado de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y socioculturales (Fairburn, 2008). En el contexto actual, la presión por alcanzar ideales corporales poco realistas, la influencia de las redes sociales y la normalización de conductas restrictivas bajo el discurso de la salud y el autocontrol han sido identificadas como factores que contribuyen al desarrollo y mantenimiento de estos trastornos, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes (Organización Mundial de la Salud [OMS], 2019). En este sentido, el análisis de los TCA en la actualidad resulta fundamental para comprender su impacto, identificar factores de riesgo y promover estrategias de prevención e intervención más eficaces desde una perspectiva integral.

2. ¿Qué son los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA)?

Los TCA son trastornos mentales caracterizados por alteraciones persistentes en la conducta alimentaria y en la percepción del peso y la imagen corporal. Según los manuales diagnósticos (DSM-5-TR y CIE-11), los principales TCA incluyen:

  • Anorexia nerviosa
  • Bulimia nerviosa
  • Trastorno por atracón
  • Otros trastornos alimentarios especificados y no especificados (OSFED)

 

3. Principales características de los Trastornos de la Conducta Alimentaria

3.1 Influencia de las redes sociales

Las plataformas digitales promueven ideales corporales irreales, dietas extremas y comparaciones constantes, lo que puede reforzar conductas alimentarias de riesgo, especialmente en jóvenes.

3.2 Aumento en poblaciones diversas

Actualmente se reconoce que los TCA afectan a:

  • Personas de todos los géneros
  • Diferentes edades
  • Diversos contextos socioculturales.

3.3 Normalización de conductas patológicas

La cultura de la dieta, el culto a la delgadez y el énfasis en la “vida saludable” pueden camuflar conductas propias de un TCA bajo discursos socialmente aceptados.

4. Factores de riesgo de los Trastornos de la Conducta Alimentaria

Los TCA tienen un origen multifactorial, donde interactúan:

  • Factores psicológicos (perfeccionismo, baja autoestima, ansiedad)
  • Factores biológicos (genética, neurobiología)
  • Factores sociales y culturales (presión estética, bullying, redes sociales)
  • Factores familiares y ambientales

5. Señales de alerta de un trastorno de la conducta alimentaria

Si detectas que tu amigo o familiar, presenta alguno de los siguientes comportamientos de forma continuada.

  • Obsesión por la comida o el peso

  • Restricción alimentaria

  • Atracones o conductas compensatorias

  • Cambios emocionales

  • Entra al baño siempre después de comer
  • Siente culpabilidad o emociones intensas al comer

Aunque esto no significa un diagnóstico claro, ni mucho menos, son señales con las que podría considerarse consultar con un profesional.

6. Consecuencias

6.1 Consecuencias físicas

  • Desnutrición
  • Alteraciones hormonales
  • Problemas cardiovasculares y digestivos
  • Riesgo de mortalidad

6.2 Consecuencias psicológicas y sociales

  • Depresión y ansiedad
  • Aislamiento social
  • Deterioro del rendimiento académico o laboral
  • Alto riesgo de recaídas

7. Prevención y detección temprana

En la actualidad, la prevención se enfoca en:

  • Educación nutricional crítica
  • Promoción de una imagen corporal positiva
  • Uso responsable de redes sociales
  • Detección temprana en escuelas y atención primaria

8. Tratamiento actual de los Trastornos de la Conducta Alimentaria

El abordaje más eficaz es multidisciplinar, incluyendo:

  • Psicoterapia (especialmente cognitivo-conductual)
  • Atención médica
  • Acompañamiento nutricional
  • Apoyo familiar

Los tratamientos actuales buscan no solo la recuperación del peso y la alimentación, sino también la mejora del bienestar psicológico y la calidad de vida.

9. Conclusión

Los Trastornos del Comportamiento Alimentario constituyen una problemática de salud mental de elevada complejidad que requiere un abordaje interdisciplinario y contextualizado. Su comprensión no puede limitarse únicamente a los síntomas observables, sino que debe integrar los múltiples factores que influyen en su origen y mantenimiento, incluyendo los aspectos psicológicos, biológicos y socioculturales (APA, 2022; Fairburn, 2008). En una sociedad marcada por una fuerte presión estética y por discursos que promueven el control del cuerpo y la alimentación como sinónimo de bienestar, se vuelve imprescindible reforzar las estrategias de prevención, detección temprana y tratamiento especializado.

Asimismo, la promoción de una mirada crítica hacia los ideales corporales predominantes y la desestigmatización de los TCA son elementos clave para mejorar el acceso a la atención y el pronóstico de las personas afectadas (OMS, 2019). Abordar estos trastornos desde una perspectiva integral no solo favorece la recuperación individual, sino que también contribuye a la construcción de entornos sociales más saludables, informados y conscientes de la importancia de la salud mental.

Si tú o alguien de tu entorno presenta señales de un trastorno de la conducta alimentaria, es fundamental buscar ayuda profesional especializada. Un abordaje temprano mejora significativamente el pronóstico y la calidad de vida.

Tratamiento TCA en Murcia 

Referencias

American Psychiatric Association. (2022). DSM-5-TR: Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed., texto revisado). Editorial Médica Panamericana.

Fairburn, C. G. (2008). Cognitive behavior therapy and eating disorders. Guilford Press.

Organización Mundial de la Salud. (2019). Clasificación Internacional de Enfermedades (11.ª ed.) (CIE-11). OMS.

 

Rocío Rubio Rueda

Psicóloga general sanitaria. Especialista en Trastornos de la Conducta Alimentaria

 

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Trauma: las heridas que no se ven

Trauma: las heridas que no se ven

Cuando escuchamos la palabra trauma, muchas personas piensan en accidentes graves, guerras o catástrofes naturales. Sin embargo, el trauma psicológico es un fenómeno mucho más amplio y a menudo, difícil de detectar y comprender por aquellos que no lo estén experimentando. Puede afectar a cualquier persona, en cualquier etapa de la vida.

Entonces, ¿qué entendemos por trauma?

El trauma psicológico se refiere a una experiencia emocional abrumadora que sobrepasa la capacidad de quien la afronta. No se trata de lo que ocurre, sino de cómo se vive. De ahí que un evento pueda ser traumático para alguien y no serlo para otro, porque depende de múltiples factores, tales como la historia personal, los recursos emocionales, el contexto social o incluso el momento vital en el que ocurre.

El trauma no es solo el recuerdo de algo doloroso, sino que es una herida emocional que puede quedarse sin procesar, es decir, “atascada” en el sistema nervioso, generando síntomas y afectando a la forma en que nos relacionamos con nosotros mismo y con el mundo.

Tipos de traumas

Los profesionales suelen distinguir entre dos grandes grupos de traumas. Por un lado, trauma agudo, refiriéndose a aquel que se da por un evento concreto y puntual, como un accidente, una agresión o un desastre natural. Por otro lado, existe el trauma complejo, aquel resultado de situaciones repetidas o prolongadas en el tiempo, como el maltrato infantil, la violencia de pareja continuada o el abandono emocional, abuso, negligencia o falta de seguridad afectiva. Suele tener un impacto más profundo, especialmente si ocurre en etapas tempranas del desarrollo.

¿Cómo se manifiesta el trauma?

Cada persona puede verse afectada de una forma diferente, pero en general suele el trauma suele manifestarse en varios aspectos de la vida, encontrando como los más frecuentes los siguientes:

  • Síntomas físicos: insomnio, dolores crónicos, fatiga persistente, alteraciones digestivas.
  • Síntomas emocionales: ansiedad, tristeza, irritabilidad, miedo intenso, sentimientos de vergüenza o culpa.
  • Síntomas conductuales: aislamiento, evitación de ciertas situaciones, conductas impulsivas o autodestructivas.
  • Reexperimentación: pesadillas, recuerdos intrusivos o sensación de revivir el suceso.
  • Desconexión emocional: sentirse “apegado”, insensible o desconectado del entorno.

Todo ello puede derivar en trastornos psicológicos, aunque no todas las personas que han vivido un evento traumático terminan desarrollando un diagnóstico clínico como tal.

¿Cómo puede ayudar la terapia?

La terapia no se centra en eliminar los síntomas o cambiar los recuerdos dolorosos sin más, sino que suele tener el objetivo terapéutico de trasformar la relación que tiene la persona con su experiencia interna. Esto incluye desarrollar flexibilidad psicológica, aprender a aceptar y experimentar emociones desagradables sin quedar atrapado/a en ellas y, sobre todo, a dar un sentido a la vida, a pesar de que haya cicatrices de las heridas pasadas.

Si te identificas con algo de lo mencionado en este artículo o simplemente sospechas que una experiencia pasada puede estar afectando a tu día a día, intenta buscar apoyo en las personas de confianza de tu entorno y si es necesario en profesionales para ayudarte a entender lo que te ocurre y poder aprender herramientas adaptadas a tus necesidades.

Es importante que no te exijas “estar bien” demasiado pronto, ya que el proceso puede llevar su tiempo, pero querer acelerar el proceso precisamente puede llevar a que se alargue o dificulte más de la cuenta.

🩵 Conclusión

El trauma psicológico no siempre surge de grandes tragedias; a veces nace de experiencias cotidianas que superaron nuestra capacidad de afrontamiento. Comprender esto es un paso esencial para dejar de minimizar lo que sentimos y empezar a cuidar nuestras heridas emocionales.
Sanar un trauma no significa olvidar lo ocurrido, sino aprender a relacionarnos de otra manera con nuestro pasado, integrar lo vivido y permitirnos avanzar con mayor calma y sentido.
Si sientes que alguna experiencia del pasado sigue afectando tu presente, recuerda que no tienes que enfrentarlo solo/a. Buscar ayuda profesional puede ser el comienzo de un proceso de comprensión, reparación y crecimiento personal. Sanar lleva tiempo, pero cada paso cuenta en el camino hacia tu bienestar.

Ana Belén Ortín Aguilar

Psicóloga Sanitaria en Promentium -Salud y bienestar-

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Os dejamos el enlace a un artículo de la Revista Infocop con información sobre el Trastorno de Estrés Postraumático, que seguro os resultará interesante: enlace al artículo.

Mindfulness en casa

Mindfulness en casa

Mindfulness en casa: una pausa consciente para volver a ti

Vivimos con el piloto automático encendido. Pasamos de una tarea a otra, saltamos de pensamiento en pensamiento y, cuando menos lo esperamos, el día ya terminó, la semana voló, y tal vez incluso el año ha pasado sin que realmente hayamos estado presentes. Estamos tan ocupados haciendo, resolviendo y anticipando que se nos olvida simplemente ser. Estar. Respirar.

¿Qué es mindfulness?

El mindfulness, también conocido como atención plena, es una invitación a volver al momento presente. No se trata de dejar la mente en blanco ni de evadir la realidad. Es, más bien, una forma de habitar este instante con apertura y sin juicio. Consiste en observar lo que ocurre en nuestro interior y en el entorno con una mirada amable y curiosa, como si estuviéramos viendo el mundo por primera vez.

Y, ¿por qué es importante cultivar esta presencia? Porque cuando estamos realmente atentos, podemos responder en lugar de reaccionar. Nos damos el espacio necesario para conectar con nuestras emociones, comprender nuestras necesidades y actuar con más claridad. Estar presentes también nos permite relacionarnos de manera más consciente con los demás, reducir el estrés, mejorar el descanso, la concentración y, en general, vivir con más calma y equilibrio.

Lo mejor de todo es que el mindfulness no requiere grandes recursos ni condiciones especiales. No necesitas música relajante, ni una postura de yoga perfecta, ni un silencio absoluto. Solo necesitas unos minutos, tu respiración y la disposición a parar.

 

¿Cómo empezar a practicar mindfulness en casa?

Para comenzar, basta con tomar un momento para ti. Puedes sentarte en una silla con la espalda recta, pero sin tensión, los pies apoyados en el suelo y las manos descansando sobre tus piernas. También puedes recostarte si lo prefieres, siempre que mantengas cierta atención. Una vez que encuentres tu postura, cierra suavemente los ojos o deja la mirada suelta, sin enfocarte en nada. Lo importante es permitirte estar ahí, presente, sin exigencias.

El primer paso será observar la respiración. Simplemente nota cómo el aire entra por tu nariz, baja hacia los pulmones, cómo se expande el pecho o el abdomen, y luego cómo el aire sale nuevamente, tal vez un poco más cálido. No trates de cambiar nada, solo observa con atención. La respiración será tu ancla, tu lugar seguro, al que puedes volver cada vez que la mente se distraiga. Y lo hará. Es parte de la práctica. No pasa nada. Vuelves, una y otra vez, con amabilidad.

Después de unos instantes con la respiración, puedes comenzar a recorrer tu cuerpo con atención. Empieza por la cabeza y observa si hay tensión o alguna sensación. Pasa por la cara, el cuello, los hombros. Detente unos segundos en cada zona y simplemente siente…

Puede que surjan pensamientos, imágenes o emociones. Si ocurre, no los rechaces. Obsérvalos con curiosidad, y luego, con suavidad, vuelve a tu cuerpo. Continúa bajando por los brazos, las manos, el pecho, la espalda, el abdomen, las caderas, las piernas, hasta llegar a los pies. No hace falta forzar nada, solo estar ahí, respirando y observando.

Cuando termines este recorrido, intenta sentir tu cuerpo como un todo, como una unidad completa que respira y vive en este momento. Puede que en el camino aparezca alguna emoción. Tal vez una sensación de calma, o por el contrario, algo de inquietud. Sea lo que sea, observa dónde se manifiesta esa emoción en tu cuerpo. ¿En el pecho, en el estómago, en la garganta? Mira si cambia, si se mantiene o si se disuelve.

No hay una forma correcta de sentir. Solo lo que está ocurriendo ahora. Antes de cerrar la práctica, lleva tu atención al entorno. Nota la temperatura del aire, los sonidos que te rodean, los olores. Activa tus sentidos poco a poco, permitiéndote volver al mundo exterior, pero desde otro lugar: más conectado, más presente, más consciente.Este ejercicio puede durar cinco, diez o quince minutos. Lo importante no es la duración, sino la intención.

No es una práctica para que “te sientas bien” necesariamente, sino para que aprendas a estar contigo mismo tal como eres, tal como estás. Habrá días más tranquilos y otros más agitados, y eso es parte del proceso. Lo fundamental es practicar con constancia y sin juicio. Con el tiempo, verás que esta pausa consciente se vuelve un refugio en medio del ruido diario. Una forma de regresar a ti mismo, de reconectar con lo que necesitas y de vivir con más claridad.

Puedes incorporar esta práctica por las mañanas, al final del día, o cuando sientas que todo va demasiado rápido. No es un ejercicio más que añadir a tu lista de tareas, sino un espacio que te regalas, un acto de cuidado hacia ti.

Estar presentes no cambia el mundo exterior, pero sí transforma profundamente la forma en que lo habitamos. Y eso, poco a poco, lo cambia todo.

 

Mari Carmen Romero

Psicóloga general sanitaria especializada en terapias de tercera generación

 

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